GROUND CONTROL TO MAJOR TOM

BERTA PAGÉS

Este es el primer texto que escribo que mi padre no va a leer, y aunque esté sentada en un Ouigo yendo a Madrid, tengo la sensación de estar saltando al vacío. Mi padre era escritor y murió el 27 de agosto, hace justo una semana, demasiado joven, y solo me arriesgo a escribir sobre él porque me da miedo que cualquier otra cosa que se me ocurra sea una tontería y nadie se atreva a decírmelo. A lo largo de estos últimos siete días se han publicado muchos artículos sobre sus libros, su personalidad irónica y discreta, su legado, y este reconocimiento tan real y denso, tan horroroso y bello a la vez, ha sido un infierno muy emotivo. Están tan bien escritos y llenos de amor que no sabría qué más añadir. Pero soy su única hija (la presión no es poca) y tengo la inmensa suerte de conocerle desde otros ángulos. Llevo tres meses con las gafas de sol puestas y un dolor tan concreto y difícil de explicar que no creo que existan palabras para empezar a definirlo, así que hablaré de otras cosas.


Cuando jugábamos al ajedrez, Vic estaba empeñado en que ganara y giraba el tablero cada vez que me veía en aprietos; era cinturón marrón de Aikido y le encantaba pedirme que le atacara de maneras muy complejas para poder susurrar alguna sílaba en japonés y doblarme el brazo a cámara lenta; para hacerme saber que me echaba de menos me mandaba un guats breve diciendo que escuchaba llorar el piano por las noches; a los dos nos alucina el queso con trufa y la horchata y se nos da fatal cuidar plantas; dejé de leer libros de su biblioteca con el lápiz en la mano porque él ya había subrayado las partes que yo también habría subrayado; nos gustaba dejar las pelis a medias y acabarlas el día siguiente y tunear el nombre a escritores, Bódler por Baudelaire, Fuster a Forster, Salvaje a Oscar Wilde; ambos estábamos asquerosamente orgullosos el uno del otro y nos recreábamos en demostrarlo y en las comidas familiares nos sentábamos juntos para hacer bromas con un humor que a nadie más le habría hecho gracia; el atardecer del día en que murió el cielo de agosto era de un azul muy eléctrico. Me duele pensar que muchas reflexiones se quedarán dando vueltas dentro de mí sin llegar a ver la luz porque solo tenía sentido compartirlas con él, pero no me parecería justo que el tono de este texto fuera lastimero: Vic era supercalifragilisticoespialidoso. Y ahora está haciendo su Space Oddity. Manda un mensaje a Ground Control cuando puedas, man.