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Con la muerte en los talones


Octavi Serra

Lluïsa y Miquel se conocieron durante esa etapa de la vida en la que el tiempo ya no tiene prisa; cuando se ha recorrido tanto camino como para liberarse del peso de la vergüenza, aunque las bisagras ya no dejen andar con soltura.

El monitor, agudo en el arte de observar, decidió sentarlos juntos tras detectar en las arrugas de su mirada que ambos habían dejado a gente amada por el camino. El bus, repleto de cuerpos caducos doloridos por el desgaste de sus huesos, se dirigía hacia una escapada de dos días laborables —para el resto de los humano— en la que regalaban garrafas de cinco litros de AOVE a cambio de escuchar a un señor intentando vender colchones viscoelásticos que han viajado del futuro al pasado.

Lluïsa y Miquel se cayeron bien. Pusieron color a recuerdos grises, comieron paella amarilloradioactiva, bailaron algún que otro pasodoble y se rieron chillando "viejos" a oídos sordos.

Al regresar a esa Barcelona que ya ni recuerdan cuándo dejó de pertenecerles, cargados con su garrafa de aceite de arbequina de primera prensada, decidieron seguir viéndose.

Han pasado algunos años desde aquella excursión. Hay quien diría que toda una vida, otros que tan solo han sido veinte vueltas al sol.

Miquel, cabizbajo mientras pilota su tacataca, y Lluïsa con la espalda erguida por un alambre, vienen todos los días a la cafetería de la librería +Bernat a tomar su café con leche. Se ríen las bromas como dos novietes adolescentes reencarnados en unos cuerpos que ya lo han hecho todo en la vida, pagan siempre en efectivo y se enfadan muy fuerte si alguien les invita sin que se den cuenta.

Un lunes de marzo de un año cualquiera, el sol caía sin violencia y reposaba sobre los árboles que, todavía secos, ansiaban por florecer. Una señora con el cabello lacado y enfundada en un abrigo tejido con la piel del animal muerto más suave del mundo, entró por la puerta de la librería. Ponme seis tazas de chocolate caliente y cinco raciones de bizcocho con pepitas de pistacho, todo para llevar, dijo. Y una copa de cava para tomar aquí mientras espero, añadió.


—Hola, Carmen —soltó Lluïsa para interrumpir el silencio nada incómodo de quienes creen que ya lo han contado todo.

—Ay, nena, perdona, que no te había visto.

—¿Cómo estamos?

—Tirando… esta tarde toca partida de cartas en mi casa.

—¿Qué tal llevas lo tuyo?

—Pues con muchas ganas de morirme. Desde que falleció Manuel siento que ya no me queda nada en este mundo —sentenció Carmen dando un pequeño sorbo a la copa de cava.

—¡No digas estas cosas, mujer!

—Els dos cafès amb llet son tres amb quaranta, Miquel, com cada dia —le dije.

Miquel resurgió de su micro-siesta como un zombi minutos después de ser infectado.Agafa tu mateix els calers que no m’hi veig; y dejó caer un monedero de piel con tantas arrugas y batallas como las que mostraba en sus manos.

Carmen, la señora que poseía un edificio tan alto que apuñalaba las nubes, cogió la merienda para la partida y se despidió con desgana antes de partir hacia AvingudaSarrià.

—Avui què tenim per dinar? — le preguntó Llüisa a Miquel.

—Doncs faré unes faves a la catalana. Va, marxem que m’estic quedant sopa.

Cogí los dos euros de propina que Carmen dejó en la mesa y los metí en el bote.

—Adéu.

—Adéu.



Este articulo es parte de The Posttraumatic VOL.5 "Mas de lo Mismo".

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