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EL MAYOR PRIVILEGIO DE LAS DISIDENCIAS SEXUALES ES NO TENER PRIVILEGIOS HETEROSEXUALES





Cuando escribo sobre disidencias sexuales, a las que nunca se ha prestado atención hasta que han sido instrumentalizadas por una heterosexualidad que esconde homofobia bajo una imagen políticamente correcta que creen esxs a quienes no les atraviesa el tema, no puedo evitar pensar en mi pasado como referencia porque es la única legitimidad de la que dispongo para asistirme. En consecuencia, no tengo derecho ni deber de hablar por nadie, ni escribir como colectivo y tampoco represento a nadie ni nadie me representa, y sobre todo, no me representa el movimiento gay hegemónico en defensa de la agenda política para votantes como consumidorxs de fórmulas heteropatriarcales como el matrimonio y la procreación de esclavxs para mantener la riqueza de pocxs. De hecho, me resulta aberrante comprar niñxs bajo en nombre del neoliberalismo que da acceso al modelo nuclear de familia burgués aplicándolo al proletariado para “ordenarlo moralmente”. Así pues, tampoco considero que deba escribir sobre Historia LGTBIQ+, porque no creo que nuestras historias sobre disidencias deba ser narrativa homogénea, porque como colectivo, debemos conformar un relato ahistórico rechazando la crónica universal construida por un poder que insistentemente, miente para conservar privilegios. De hecho, es revelador y sintomático que la Historia de las disidencias sexuales se escriba desde un Imperialismo yankee que, en aras de una “libertad” a la que llaman Democracia, sigue invadiendo países para explotar recursos bajo la lógica del progreso.

Este texto, por tanto, responde a una práctica ideológica donde el Derecho no existe, porque los Derechos deben ser otorgados por un sistema que decide quién tiene privilegios en relación a intereses capitalistas que rechazo y no reconozco como legítimos. A mí nadie debe darme Derechos en forma de legitimidad legislativa, porque hay necesidades que no entienden ni esperan al calendario burocrático institucional. Al fin y al cabo, por haber aprendido a sobrevivir en un mundo donde debemos performar según parámetros justificados desde la genitalidad, hemos entendido que eso a lo que llaman “legalidad” tan sólo es construcción abstracta para controlar cuerpos. Pensar que los genitales nos definen como hombres y mujeres sin considerar que construyen culturalmente el género binario eurocentrista blanco propio de la ficción cristiana, es absurdo…

Como colectivo, hemos aprendido a emplear la práctica queer como respuesta a represiones, humillaciones públicas y palizas que comienzan en la escuela, y hemos asumido lo que llaman insulto desactivando su contenido peyorativo. Por eso no somos homosexuales, identidad clínica que hereda principios cristianos, sino que somos bolleras, travestis y maricas que siguen viéndonos como desviadxs de los que hay que compadecerse otorgándonos Derechos rentabilizables. Como despreciadxs, entendimos cómo funciona el sistema porque afortunadamente, hemos tenido que verlo y vivirlo desde la distancia, ya que no cumplíamos lógicas “naturales” donde “hombre” debía ser violento y rudo y “mujer” debía ser modesta y negar su sexualidad. Así fue cómo nos ubicamos al margen para acogernos y pensar otras formas que hoy parecen considerarse sin una disculpa por habernos robado la infancia y la adolescencia, y aunque no deseo a nadie los altibajos emocionales y los escenarios familiares y escolares donde el profesorado sigue sin herramientas para afrontar situaciones de homofobia entre el alumnado, el mayor privilegio de mi disidencia fue carecer de privilegios heterosexuales.




Este articulo es parte de The Posttraumatic VOL.5 "Mas de lo Mismo".

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