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Me llaman bucle.


PUEDES LLAMARLO REPETICIÓN, PLAGIO, APROPIACIÓN O REINTERPRETACIÓN, PERO NO ES MÁS QUE LA INÚTIL ETERNA BÚSQUEDA DE LA ORIGINALIDAD, DE LO ÚNICO.


En septiembre del año pasado nos encargaron a Gigi.Ei y a mí hacer la decoración de un mercadillo de fanzines y autoedición, el `Vaia Vaia´. Después de darle unas cuantas vueltas e investigar las cosillas que pasaban por Lugo, nos decidimos a regalarles la posibilidad de, por fin, disfrutar de su propia playa, aunque fuera de interior, sin agua ni sol. Es decir, a reproducir una playa dentro de la plaza de abastos donde se desarrollaba el evento. Construimos dos estructuras de madera, dos rectángulos con listones de madera con la que cerramos una superficie total de más de 150 metros cuadrados. Para rellenarlos compramos seis metros cúbicos, seis vivares —o 15 toneladas— de arena local que vaciamos, esparcimos y que una vez finalizado el encuentro también recogimos con dos palas de mano, un rastrillo y un escobón. Como toque final aderezamos la instalación con un montón de artilugios propios de la playa como balones hinchables, flotadores, toallas, palas, cubos y demás cacharrería para que mayores y más pequeños se sintieran invitados a participar y ocupar el espacio, que para eso nos lo habíamos currado.

La verdad es que fue todo muy bien: la gente disfrutó de la instalación, nos pagaron y nosotros nos pegamos un finde maravilloso en Lugo y conocimos un montón de buena gente.

Unas semanas más tarde me llegó el mensaje de que nos habían plagiado, de que habían hecho una playa dentro del Teatro Lliure de Barcelona con 30 toneladas de arena y 20 personas en escena. Cómo si Rugilė Barzdžiukaitė, Vaiva Grainytė y Lina Lapelytė, que son los creadores de la pieza escénica, tuvieran la más mínima idea de quiénes somos nosotros, o como si fuera posible en apenas dos semanas diseñar, presentar, organizar y estrenar semejante tinglado. Documentándome para este texto me he enterado de que se trata de una pieza que lleva girando desde 2016, que es una crítica al cambio climático y que en 2019 ganó el León de Oro en la Bienal de Arte de Venecia a la mejor participación nacional.

Ahora parecemos nosotros los sospechosos: como si mi compinche y yo tuviéramos la más mínima idea de quiénes son los tales Rugilė Barzdžiukaitė, Vaiva Grainytė y Lina Lapelytė, o de quién ganó no sé qué premio en 2019, por mucha Bienal de Venecia que sea.

En diciembre, mi compañero Gigi.Ei decidió presentar una instalación para una exposición colectiva sobre agresiones al territorio en Espacio Tangente. La propuesta consistía en una estructura con listones de madera que daban forma a un espacio rectangular en el suelo y que rellenó con buen saco de grava o zahorra. En está ocasión iba enfocado a reflexionar sobre los caminos atraviesan los campos en los que se construye una planta de aerogeneradores, más que en la posible molestia que pueda generar la existencia de los propios molinos.

Para esta edición del Posttraumatic yo he decidido hacer más de lo mismo: me he construido una estructura con listones de madera, cuadrada en vez de rectangular esta vez. La he llevado a una campa, la he rellenado con tierra, con sustrato, y he plantado césped en una superficie en la que ya había césped. Una pradera salvaje y poco cuidada más bien, pero césped al fin y al cabo.

He estado tiempo tratando de convencerme a mí mismo que está pieza va sobre cómo el ser humano trata de adaptar la naturaleza a su gusto, de perfeccionar lo que ya es perfecto por sí solo, de arreglar lo que no esta roto, de reconstruir lo que ya existe tratando de adaptarlo a sus gustos y necesidades estéticas del momento o de la inutilidad del arte. Puede que sí. Puede que la pieza por sí sola hable de todo eso y de mucho más, pero tampoco nos engañemos. En verdad va de la originalidad, de lo único, de la lucha de egos, de la competición y del mamarracheo que hay en el mundo del arte y de la repetición.




Este articulo es parte de The Posttraumatic VOL.5 "Mas de lo Mismo".

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