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Breve introducción histórica a la vigilancia con cámaras

Hace unos meses una exposición en la galería Fotocolectania de Barcelona llamada “Face Control” daba una pincelada muy sutil de la relación entre la cámara y la vigilancia. El comisario Urs Stahel decía “la historia de la cara se inicia con las máscaras de la edad de piedra y acaba en la actualidad con los retratos producidos por los medios de producción masivos digitales y los algoritmos”. En una opinión muy personal me parece que la exposición no se dirigía a los interesados en la historia del control facial (que por cierto, ya podrían haber traducido al castellano o catalán el título) sino a un público muy general con pequeñas experiencias bastante artísticas que fácilmente atraerían a gente y más bien poco realistas. Entiendo la motivación de esas líneas generales pero no la comparto, así que he decidido escribir sobre las primeras experiencias de control social con cámaras; sin títulos ingleses y con algo más de historia que una pantalla con un software de identificación de rasgos que no se ha utilizado nunca en ningún sitio.


Bruno Braquehais. Derribo de la columna de Vendôme. París, Francia. 1871.

En el año 1871, año de invención de la placa seca de gelatino-bromuro, se alza la Comuna de París, un pequeño proyecto revolucionario que dura escasos dos meses. Se han vertido ríos de tinta sobre este evento que ha espoleado los ánimos revolucionarios de medio mundo desde que ocurrió, pero uno de los detalles que lo hacen internacional y que lo traen hoy día con bastante nitidez es el hecho de poder ser fotografiado. Tan solo hay representaciones épicas en lienzos de la revolución francesa que ocurre en el siglo anterior, pero durante la Comuna la fotografía con placas ya era un formato solvente con miles de fotógrafos y cientos de laboratorios en la capital francesa. A falta de la existencia del fotoperiodismo y las herramientas que lo hacían posible, su función fue más bien la creación de postales de un París totalmente diferente. Debido a la primitiva técnica las fotografías eran lentas y todos los sujetos humanos tenían que posar, normalmente en una situación de éxito tras la batalla, en unas barricadas o con un monumento caído. Se les veía felices porque los fotógrafos también eran afines al movimiento (como Braquehais o posiblemente Nadar desde su estudio), y compraban las postales que se reproducían con sus estampas, toda una moda en la época.

Pero no eran los communards los únicos que tuvieron acceso a esas fotos: el primer uso histórico de la fotografía como método de represión se remonta a este momento histórico. Los militares y la policía se dedicaron a identificar a todos los que aparecían en esas postales y más tarde fueron asesinados o detenidos restableciendo el orden en París. Se calcula que unas 17.000 personas fueron ejecutadas, muchas mientras gritaban “Vive la Commune!”. Si viésemos un álbum de fotografías en orden cronológico de alguno de los fotógrafos pasaríamos de los liberadores de la ciudad contentos ante sus logros a las de las mismas personas ya en ataúdes baratos amontonadas y etiquetadas, como las del fotógrafo Disdéri, que seguramente se oponía a los ideales de la Comuna. El control fotográfico también fue importante a partir de entonces, ya que se prohibió la venta de postales en las que los communards pudiesen tener una imagen positiva, solo si se les veía como criminales o muertos podían reproducirse. La represión fue brutal, y la técnica solo había hecho que empezar: 150 años más tarde las posibilidades de control y vigilancia son infinitas.


André-Adolphe-Eugène Disdéri. Communards en ataúdes. París, Francia. 1871.

El mismo año y a la sombra de la masacre francesa también entra en vigencia la Prevention of Crimes Act en Reino Unido con la que se empieza a fotografiar a todas las personas que eran arrestadas. La intención era mantener un historial delictivo eficiente en una época donde había pocas formas de comprobar si una persona había tenido problemas con la ley en otros lugares del país. Esto además de modificar la pena podía cambiar el trato o daba espacio a una segunda comprobación del nombre que la persona estaba dando, etc. Se empezó a hacer en diferentes países del mundo desde mucho antes hasta que fue la norma en prácticamente todo el mundo occidental, pero lo que al inicio eran unas cuantas imágenes útiles para los investigadores de la época se convirtió en una pesadilla de gestión, ya que la cantidad de fotografías se incrementaba en miles cada mes.

El problema era aún peor cuando se tiene en cuenta que no había una forma estandarizada de tomar fotografías, y los rasgos a anotar para detectar al individuo entre el resto quedaban a juicio del policía o funcionario que estuviese haciendo el registro. En Bélgica fueron los pioneros de este uso de la fotografía y los primeros “mugshots” (así se denomina las fotografías “legales” en prisiones) se hacen entre 1843 y 1844, se puede uno imaginar que para 1879 su archivo podía ser un caos monumental. Es en este año que el francés Alphonse Bertillon crea un primer sistema de notación, identificación, archivo y fotografía para registro de personas. Basándose en medidas corporales, fotografías frontales y de perfil se creaba una ficha fácil de buscar y almacenar, y es entonces cuando el estado finalmente no solo encarcela sino que almacena, estudia y analiza a las personas. Es un hecho histórico clave para el desarrollo del estado moderno que conocemos hoy día. Bertillon además trabajaba en el mismo lugar donde se almacenó toda la información sobre los communards, que bien le pudo servir como base de trabajo.



Una ficha del propio Bertillon con su sistema.

El estudio biométrico con fotografía sería enlazado con otras estadísticas como el catastro (proveniente ya de época del Imperio Romano), registros de nacimiento, casamiento, etc (a menudo en manos de la Iglesia), los libros de cuentas, primeros pasaportes y en definitiva toda la burocracia que hoy conocemos ya casi totalmente informatizada. La vigilancia, por tanto, entra en otro nivel de profundidad y como diría desde la cárcel y vaticinaría Proudhon en 1851:

“Ser gobernado significa ser vigilado, inspeccionado, espiado, dirigido, legislado, reglamentado, encasillado, adoctrinado, sermoneado, fiscalizado, sopesado, evaluado, censurado, mandado, por seres que carecen de títulos, capacidad o virtud para ello. Ser gobernado significa verse anotado, registrado, empadronado, arancelado, sellado, timbrado, medido, cotizado, patentado, licenciado, autorizado, apostillado, amonestado, prohibido, reformado, reñido, enmendado, al realizar cada operación, cada transacción, cada movimiento. Significa verse gravado con impuestos, inspeccionado, saqueado, explotado, monopolizado, atracado, exprimido, estafado, robado, en nombre y so pretexto de la autoridad pública y del interés general. Y luego, a la menor resistencia, a la primera queja, ser castigado, multado, insultado, vejado, intimidado, maltratado, golpeado, desarmado, acogotado, encarcelado, fusilado, ametrallado, juzgado, condenado, deportado, sacrificado, vendido, traicionado y, para colmo, burlado, ridiculizado, ultrajado y deshonrado. Esto es el gobierno, esa es su justicia, esa es su moral.”



Movimientos de autodefensa sufragista, protagonizado por Edith Garrud.

El primer anarquista francés, que calzaba zuecos porque no tenía dinero ya que lo gastaba en libros y se horrorizaba de la vida de lujo que había en París y Lyon, seguramente se hubiese retorcido de asco en su tumba si supiese lo que deparaba el futuro en cuestión de vigilancia. Volviendo a Reino Unido, en 1913, un grupo de mujeres desobedece la orden de posar ante la cámara. La “desobediencia civil” de Thoreau en su máxima expresión era aplicada por las sufragistas, que pedían el voto de las mujeres en este país rompiendo escaparates, poniendo bombas y con amenazas de todo tipo. Su forma de evitar la odiada fotografía era simplemente mover la cabeza o hacer gestos raros ya que dados los tiempos de exposición de esas cámaras y películas rudimentarias su cara quedaba movida o muy extraña. Además usaban nombres falsos, que sumado a una imagen sin cara hacían imposible su reconocimiento.

Scotland Yard pide al gobierno un objetivo “tele” Ross Telecentric y una Wigmore Model 2 para poder fotografiar de lejos en, posiblemente, uno de los primeros usos de la cámara oculta y de este tipo de objetivos. En una furgoneta de transporte de prisioneros el detective A. Barrett fotografiaba a las sufragistas en el patio de la prisión de Holloway sin que lo supiesen. No miran a la cámara y salen un tanto extrañas, al estilo de la fotografía de paparazzis actual. A pesar de la mala calidad de las imágenes podemos ver a las sufragistas sufriendo o muy débiles en sus huelgas de hambre o inmovilizadas por brazos que elegantemente harían desaparecer de las fotografías finales. Es muy obvio que hay alguna modificación cuando el fondo donde aparecen es blanco. El objetivo era crear una lista de fotos con caras de sufragistas peligrosas que tras el ataque en la National Gallery de la “Venus del espejo” de Velázquez se entregarían a tiendas y galerías de arte para prevenir otros eventos similares.



Sufragistas identificadas por cámaras secretas.

Una vez este método empezó a tener recorrido la policía lo amplió a mandar a hacer fotografías de los discursos públicos, anotando también frases allí dichas que luego utilizarían en juicios contra ellas. Pero incluso fuera de la cámara la vigilancia seguía fallando, ya que cuando las seguían e intentaban controlar sus movimientos los policías admiten que conducían muy rápido y Scotland Yard tuvieron que pedir una moto para no perderlas de vista. Un ridículo que parece imposible hoy día. Las imágenes de lejos tampoco eran el método definitivo por las dificultades técnicas, y en unos pocos intentos que hicieron de fotografía “ordinaria” la sufragista Evelyn Manesta sale retorcida bajo los brazos de un gendarme que más tarde eliminarían y cambiarían por una especie de bufanda.



Modificación de la imagen de Evelyn Manesta.

Podemos ver en estas historias que los finales del sXIX e inicios del sXX tienen ejemplos muy interesantes de técnicas hoy usadas con asiduidad, perfeccionadas e informatizadas, e incluso automatizadas. Su historia es importante porque revela los tentáculos del poder y en el caso que nos interesa, su relación con la cámara, que no ha sido muy generosa con las clases populares. Es necesario conocer la historia de la vigilancia facial porque lo que hicieron a los communards o a las sufragistas funciona hoy de forma automática en tiendas varias, que comparten bases de datos y evitan que vuelvan a entrar personas que han podido robar o tengan historial delictivo. Menos sofisticado es el sistema de multas por pasar los límites de velocidad, pero igualmente automatizado y funcional, y en otro nivel de complejidad nos encontramos los desarrollos de Boston Dynamics y sus usos en guerras que beben de estos inicios de desarrollo tecnológico. En resumen: todo lo que dijo Proudhon era cierto.

Bibliografía recomendada

  • La fotografía como documento social. Gisèle Freund. Editorial Gustavo Gili.

  • Metropolice, seguridad y policía en la ciudad neoliberal. Varios autores. Editorial Traficantes de Sueños.

  • La libertad en coma. Grupo Marcuse. Ediciones El Salmón.

  • Big Brother and the sisters. Alan Travis. The Guardian, 10/10/2003.

  • Photography: a means of surveillance? Judicial photography, 1850 to 1900. Jens Jäger.

  • The Origin of Legal Photography. Andre A. Moenssens.

  • Monitoring Laws: Profiling and Identity in the World State. Jake Goldenfein.




Este articulo es parte de The Posttraumatic VOL.5 "Mas de lo Mismo".

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